Andrea Giunta: Cómo y cuándo un texto crítico pasa a formar parte de la historia del arte?

 

Yo no voy a hablar como crítica porque considero que más que crítica, soy historiadora del arte. Aunque desarrollo varias actividades, en el texto que voy a leer voy a referirme sobre todo a la de historiadora del arte, ciñéndome básicamente a los problemas planteados por quienes nos convocaron, Tamara y Esteban, a quienes les agradezco muchísimo, no solo la invitación, sino el esfuerzo de organizar estos encuentros que creo que ofrecen, o en su resultado final un buen estado de muchos de los temas que preocupan a los artistas, historiadores del arte y críticos argentinos en este momento.

La pregunta inicial que nos convoca, “cómo y cuándo un texto crítico pasa a formar parte de la historia del arte”, si tuviese que dar una respuesta sencilla diría que eso sucede cuando un texto crítico se convierte en sujeto de análisis de la historia del arte. Es decir, cuando es analizado como un documento que, o bien proporciona determinada información sobre un acontecimiento artístico, o permite considerar cómo fue valorada una exhibición en el momento en el que ésta se produjo.

Aún cuando esta respuesta es simple, ya nos brinda parámetros acerca de la dualidad que existe en la tarea de realizar crítica de arte: hay críticos que ven a la crítica como una crónica, simplemente descriptiva de una exhibición, con todos los reparos que ya señalaba, o que entienden la crítica como una toma de posición, es decir, una valoración o una interpretación de una obra o de una exposición. Y con esto podemos entrar en la primera cuestión del temario, ya que desde esta perspectiva, ambas posturas críticas, tanto la crónica como la interpretativa estarían escribiendo la historia del arte del mes pasado. O, más exactamente, proporcionando un conjunto de materiales, que junto con las obras, los testimonios de los artistas (que provienen de distintas fuentes, pueden ser entrevistas, cartas, manifiestos, constituyen algunas de las fuentes –nosotros las llamamos fuentes), constituyen algunos de los materiales con los que trabaja la historia del arte.

Una pregunta atraviesa la convocatoria ¿quién está escribiendo la historia del arte de lo que está sucediendo hoy? Aquí quisiera introducir una anécdota ilustrativa, que me parece importante porque marca un cambio radical respecto de lo que eran los estudios de historia del arte cuando yo estudiaba (terminé la carrera en el año 1983). En esa época, no existía una materia sobre arte argentino contemporáneo. El arte argentino se estudiaba hasta 1870, que fue el año en que murió Prilidiano Pueyrredón. Dejemos de lado la cuestionable decisión historiográfica de cerrar un período histórico con la muerte de un artista; consideremos tan solo el absurdo de que en una carrera dedicada al estudio de la historia del arte, el arte argentino no fuese considerado parte de esa historia. Nosotros, los estudiantes, preguntábamos siempre porqué, y como respuesta se esgrimían dos argumentos: el primero sostenía que no se podía estudiar el pasado reciente porque se carecía de perspectiva histórica. Tal perspectiva venía a ser algo así como la garantía de imparcialidad, como si por el hecho de estar reducidos a estudiar un tiempo que de ninguna manera podríamos haber vivido (el siglo pasado), nuestro análisis fuese a quedar a resguardo de cualquier tipo de parcialidad, subjetivismo o pasión. Todos sabemos muy bien que esa distancia no garantiza nada respecto de tales problemas, y por otra parte es legítimo preguntarse ¿cuál es el valor de esa especie de “asepsia” interpretativa a la que se aspiraba? El otro argumento surgía de nuestra repregunta “¿entonces porqué se estudia el arte europeo contemporáneo?” y la respuesta era -y de nuevo invalidaba la necesidad de estudiar el arte argentino contemporáneo- “justamente, se estudia el arte europeo contemporáneo porque con conocer el desarrollo de los movimientos europeos de este siglo podemos entender el arte argentino. Tenemos que estudiar los movimientos europeos, después ver qué se produjo en nuestro país y listo”.

Demás está decir que estas respuestas carecían de consenso en un sector de los estudiantes, un sector que poco a poco comenzó a estudiar el arte argentino de este siglo, y un poco para señalar en el corpus de actividad que se ha desarrollado en los últimos años, el Centro Argentino de Historiadores del Arte desde 1989 hizo nueve conferencias, las cuales a excepción de la última fueron publicadas en forma de libros, libros que reúnen aproximadamente entre treinta y cinco y cuarenta trabajos cada uno (en su mayor parte sobre arte argentino). En el mismo sentido podría señalarse que el Instituto de Teoría e Historia del Arte Julio Payró también realizó cinco jornadas con un promedio de trabajos, aún mayor.

Estamos hablando entonces de que todos los años se publica un libro que reúne más de treinta trabajos que son avances de investigación sobre distintos temas relativos al arte argentino. Es verdad que el arte contemporáneo tiene muy poca presencia en estas conferencias, pero aún así, cada año se presentan cada vez más trabajos sobre acontecimientos artísticos recientes: en las últimas jornadas del Payró se habló sobre acciones urbanas que se habían desarrollado el mes pasado. Y quiero destacar también que varios de los integrantes de esta mesa como Valeria, Patricia, y no sé si vos también Laura, presentaron trabajos en estos encuentros en distintas oportunidades.

Antes de seguir quisiera retomar un aspecto de aquella respuesta que nos daban respecto de que para estudiar el arte argentino solo era necesario estudiar el arte europeo. Esta posición plantea una determinada forma de entender la historia del arte: si con sólo conocer la sucesión de los movimientos del arte moderno pudiésemos entender el arte argentino, estaríamos aceptando la idea de que el arte moderno es un conjunto de formas y estilos, que se suceden en el orden que nos han contado, y que se reproducen al infinito en cuanto espacio encuentran disponible.

Para estudiar el arte argentino, sólo tendríamos que encontrar a los impresionistas, fauvistas, cubistas o surrealistas argentinos y llenar algo así como una grilla de correspondencias que a lo sumo se completaría con algunas biografías y una periodización de las obras. Y así -cabe decirlo- fueron escritas muchas historias del arte argentino que se organizaron a partir de exhibiciones que marcaron la “irrupción” de un estética cuya emergencia desarrollo y decadencia periodizan. Tal concepción entiende la historia del arte como el relato de un desarrollo marcado por la idea de “progreso”, en el que cada movimiento vendría a representar algo así como la superación del anterior.

Romero Brest, por ejemplo, llegaba a clasificar a los artistas entre los que “avanzaron” y los que “no avanzaron”, y este sentido de progreso en la construcción de la historia del arte está también íntimamente ligado a la idea de modernidad, a la idea de arte “moderno”. Esta forma de entender la historia del arte ha entrado en crisis hace mucho tiempo, tanto en la escena internacional como en la nacional, y en el espacio de los estudios de arte argentino su crisis ha sido puesta en evidencia por una intensa producción que ha planteado fuertes críticas respecto de la historiografía existente, y ha propuesto nuevos modelos de trabajo. Para tomar un ejemplo del siglo XIX puedo referirme a los trabajos de Laura Malosetti Costa o Roberto Amigo (sólo dos ejemplos), que tienen investigaciones cuyos criterios discuten aquellos que destronaron del lugar de “obras” a muchas de las producciones del siglo XIX (para Romero Brest, por ejemplo, el arte argentino del siglo XIX no competía en la categoría “arte”) y aun cuando las perspectivas de estos dos investigadores no son las mismas, sí comparten el hecho de considerar las producciones artísticas no tanto o no tan solo a partir de valores establecidos por la historia del arte europeo, sino considerando las obras como construcciones culturales, como poderosas representaciones dentro de la historia cultural argentina; poderosas no sólo por los contextos históricos o por las circunstancias biográficas con las que se vincularon sino también por las formas con las que estas representaciones se organizaron. Formas significativas e importantes para la cultura argentina, y no necesariamente para la cultura europea.

En relación con esto y con muchas otras investigaciones publicadas recientemente o que están en proceso, puede plantearse una vinculación entre historia y crítica, en tanto se propone como una historia crítica, en el sentido de revisión crítica (de lo que se ha escrito sobre el arte argentino) desde la perspectiva que ofrecen nuevos problemas o nuevos marcos teóricos. Desde esta posición, la historia del arte no es “La historia” verdadera y completa. Una historia que desde mi perspectiva no existe. ¿Qué es una historia objetiva? Podríamos preguntarnos: ¿quién establece los criterios de objetividad? ¿Quién tiene autoridad reconocida y consensuada para fijarlos? Desde mis intereses, la historia del arte es una historia que recorta problemas y perspectivas, que aborda un momento o un problema desde hipótesis y marcos teóricos específicos. No es nada que pueda asemejarse a una cronología y menos a un índice de nombres de todos los artistas que expusieron en un periodo determinado.

Por supuesto que esto se puede hacer, y se hace. Hay catálogos de nombres, hay cronologías y hay diccionarios, que son una fuente más de la historia del arte, pero eso no es -desde mi perspectiva- historia del arte.

En la propuesta de este encuentro se pregunta si la historia del arte se escribe con imágenes, palabras, anécdotas, y si son éstas fuentes confiables; la palabra “confiable” me resulta problemática, porque todas las fuentes lo son y no lo son. A mi me ha sucedido en mi libro, que cito una exposición, porque ví el catálogo (y esto tiene que ver con lo que decía Laura), y después supe que en verdad la exposición nunca se había hecho. Por ejemplo, Kenneth Kemble, cuando yo lo entrevistaba, me aseguraba que “Arte destructivo” no tenía precedentes, y yo encontré que había desde dos años antes, un texto de Gustave Metzer, que se llama “Manifiesto del arte autodestructivo”, que creo que Kenneth conoció.

Por ejemplo, el catálogo de “Cantos paralelos” dice que la muestra se exhibió en Buenos Aires, y nunca se exhibió en Buenos Aires; y ¿qué es, en principio, más confiable que un catálogo, en el que figura la parte documental, básica de una exhibición? Muchos documentos incuestionables pueden ser cuestionados. Por eso en nuestra tarea existe un procedimiento básico que consiste en triangular las fuentes, es decir establecer paralelos entre distintas fuentes, aún los documentos que son objetivos e incuestionables los comparamos con otros registros, con otras fuentes…

En otras palabras, Kemble no mentía. El había construido esa historia a partir del recuerdo, de expectativas que proyectaba sobre el pasado, de acontecimientos que se habían diluido en su memoria, se habían borrado, y lo que recuerda, porqué y cómo lo recuerda también es importante para la historia del arte. Destacar esto sirve para enfatizar que tal objetividad -para mí- no es posible. Que la historia del arte no pretende congelar el pasado, como (supuestamente) este pasado fue, sino por el contrario, reactivarlo, volverlo problemático, acercarse a él a partir de preguntas y expectativas precisas, que nos permitan abordar aspectos nuevos, reveladores. Mi experiencia fue exactamente ésa. Muchos coinciden con lo que escribo en mi libro sobre los años ‘60, otros no coinciden para nada, y esto es lo que a mí me resulta fascinante del trabajo de historiador, el hecho de que sobre un período del que se había escrito bastante se podía volver, se podía reactivar desde nuevas perspectivas, nuevos problemas que no habían sido considerados, y que permiten también revisar críticamente lo escrito sobre ese mismo período.

Quiero entonces que quede en claro que para mí la historia del arte es un campo de batalla. No es una cronología ni un índice de nombres. Cuando se publicó el libro llegué a recibir llamados de artistas que buscaban sus nombres en el índice que aparecía atrás, y decían que el libro era incompleto porque no estaban. Sin embargo desde el comienzo del libro digo que no es mi objetivo hacer una historia de todos los estilos, de todos los artistas o de todas las instituciones de ese período, sino considerar el periodo a partir de algunos problemas que no necesariamente requieren hacer una especie de índice taxativo.

Desde esta perspectiva, la historia del arte es un ámbito de producción intelectual que permite considerar a las obras de arte como poderosos discursos que renuevan el lenguaje de una época, que plantean problemas que en otros campos de la producción no se plantean, y que al mismo tiempo disputan el poder, el reconocimiento, la legitimidad, y en esa disputa las obras no batallan solas, sino en una compleja red de interrelaciones.

Otra cuestión a la que me gustaría referirme brevemente es aquélla que circula más en los medios universitarios, acerca de la diferencia entre historia del arte y teoría. Citar a Benjamin, Hommi Bhabha o Appadurai para analizar una obra de arte no tiene nada que ver con la teoría del arte; pueden ser instrumentos bien o mal utilizados, pero no implican producción de teoría. Yo casi diría que en nuestro campo se produce muy poca o casi ninguna reflexión teórica original. Ahora bien, presuponer que los trabajos de historia del arte no tienen teoría, también es un absurdo.

La forma de concebir la historia del arte a la que me estuve refiriendo hasta ahora, hace indispensable el recurso a perspectivas teóricas, que son precisamente aquellas desde las cuales se construye esa mirada sobre el pasado como un problema.

La teoría en torno al concepto de nación, al concepto de modernidad, de vanguardia, de autonomía, de heteronomía, son cuestiones que aparecen como ejes fundamentales en los trabajos de historia del arte y que son abordados también desde perspectivas precisas.

Sobre otro punto quiero detenerme, y lo sintetizo a partir de una frase que puede resultar un poco terminante pero creo que, por eso mismo, es clara: investigar no es juntar papelitos. Sin duda el proceso de una investigación implica reunir un número de fuentes que permitan construir nuestro problema con fundamento y no como un delirio sin sustento.

Muchas veces tenemos que modificar completamente nuestras ideas iniciales porque la documentación no nos permite sostenerlas de ningún modo. Pero tener un caudal de documentos no implica que podemos hacer la historia del arte de un período; podremos hacer una cronología, lo cual creo que no es la tarea más productiva, rica y reveladora de la historia del arte.

Muchos creen que ser poseedores de un documento que nadie tiene los hace más capaces, más expertos, portadores de mejores conocimientos. Pero -desde mi perspectiva- lo importante no es ese papelito, sino los problemas que podamos formular a partir de él, las interpretaciones a las que pueda conducirnos, y, lo más importante es que otro investigador pueda también ver ese papelito, para estar de acuerdo con nuestra interpretación o estar en absoluto desacuerdo. Un trabajo de la historia del arte de un período, no cierra la interpretación de ese periodo, sino que, por el contrario, la abre. Después de leer un buen libro vemos que son muchas las cosas en las que ese mismo libro nos hizo pensar y para las que no nos proporcionó una respuesta. Esto permite, a uno mismo o a otro, formular nuevos problemas y escribir otros libros que discutan con éste o que transiten por problemáticas diferentes.

Es entonces, la historia del arte un proceso de reescritura permanente, de relectura, y en estas re-lecturas y re-interpretaciones son cada vez otras tramas de la historia las que se consideran. Y en este sentido, creo que sería maravilloso que se escribieran muchos libros renovadores, documentados, inteligentes, que propusieran interpretaciones diferentes, hasta opuestas del mismo período, esto sería magnífico, y contribuiría poderosamente a poner de relieve la densidad y complejidad de la cultura y del arte argentinos. Crearía extraordinarias condiciones para que ésto, que todos sabemos, pero sobre lo cual lamentablemente no podemos leer muchos libros, pudiese conocerse y difundirse mejor.

La historia del arte se escribe con una multiplicidad de fuentes: son las obras, las palabras del artista, que provienen de entrevistas, de sus propios escritos, de su correspondencia, de la crítica de la época, de la crítica posterior. Pero lo que es importante destacar es que las fuentes de las que puede nutrirse la historia del ate también pueden ser inusuales, el corpus documental no es fijo ni está previamente establecido. Hay historiadores del arte que trabajan con inventarios, contratos, colecciones, archivos de instituciones, de empresas. Es decir que de acuerdo a los problemas que nos estamos planteando, también construimos los archivos y encontramos depósitos de documentación ricos, en función de los problemas que estamos analizando. Archivos que nadie pensó como archivos vinculados a la historia del arte, antes de que esa investigación que los usó se desarrollara.

El último problema, y quizás el más candente que nos convoca hoy, refiere a la relación entre la historia del arte y la producción artística presente. Considero que es difícil pensar la escritura sobre el arte que se produjo el mes pasado como historia del arte. Sin embargo, creo que toda escritura que se proponga poner en relación varios acontecimientos artísticos recientes en función de una mirada organizadora e interpretativa, está avanzando en el terreno de la historia del arte. Este tipo de mirada sobre el acontecer inmediato es algo que no se produce demasiado en nuestro país. Y que creo que se podría hacer, y que sería una manera de realizar estados, evaluaciones parciales del acontecer inmediato, es decir, del arte del mes pasado.

Quiero finalizar esbozando una respuesta para la última pregunta del temario, acerca de si los artistas tienen un rol en este proceso –por supuesto que lo tienen, en muchos de los sentidos que Laura apuntó y que yo también señalé– pero creo que también, hay otro lugar, en cual puede tener un proceso activo. Si existe una voluntad de diálogo, la necesidad de discutir las producciones estéticas, si se piensa en el arte no sólo como un objeto para ser mirado y colgado en la pared, sino como una pieza capaz de provocar distintas lecturas, interpretaciones y debates, el artista puede ser un elemento activo dentro de esa dinámica.

Asistimos en estos días a un conjunto increíble de exhibiciones en distintas partes de la ciudad, y en un momento de crisis como el que estamos atravesando, tal proceso es absolutamente sorprendente. Si tal esfuerzo expositivo estuviese acompañado por las estrategias que hicieron posibles debates, textos, publicaciones, sobre lo que en éste momento está sucediendo en esta ciudad sorprendente, sin duda se estaría contribuyendo activamente a la construcción de una historia crítica del presente, que esperemos, no se produzca el próximo siglo. Gracias.

 

 

Andrea Giunta

Tomado de ElBasilisco

 

 

Escribe un comentario

Tienes que iniciar sesión para escribir un comentario.